dissabte, 12 de desembre de 2015

Atávico

Poliana Lima
Sala Hiroshima, 11 de desembre de 2015



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La deuda de la indiferencia

No es de la violencia, como de nuestra complicidad, de lo que trata esta excelente pieza de Poliana Lima y que, de nuevo, gracias al acierto programador de la Sala Hiroshima podemos ver en Barcelona. Las dictaduras y su marca sobre los cuerpos, cual dispositivo disciplinario que la era moderna ocultó en el sótano, disimulado con el sonido de la radio. El dolor que sobre el otro se había ejercido históricamente en la plaza publica y que para la burguesía resultó incómodo (¿inhumano?) enseñar. Su ocultación en la mazmorra no fue otra cosa que la inauguración de este tiempo nuestro, repleto de fangales sobre los que sobrevolamos cotidianidad.

Por eso resulta de tanto acierto mostrar toda aquella deuda para nuestros semejantes, vejados, maltratados y asesinados en las cloacas del sistema, sin más instrumento que sugerir retazos, ideas dispersas, como cuando en la pieza se activan unas proyecciones de luz que deslumbran el público cómodamente observante. ¡Despierta! parece que nos adviertan. Porque también tu vida corre peligro en manos de lo más primitivo que constituye la condición humana. Y de todo ello, lo más indecente: causar daño a otro.

En el plano de la dramaturgia, Atávico es una lección de simplicidad. Nada más fácil para entender las consecuencias de todo aquello que el reflejo de la vida más mundana. En ese relato inicial de la pieza hay un cierto compás de espera que de vez en cuando aleja de lo que se espera: esto es, las consecuencias de los sistemas autoritarios sobre la libertad de los cuerpos. Pero con rapidez, y sobretodo inteligente transformación, y a través de imágenes que combinan a partes iguales una extraña belleza de la fealdad y un significante de profundidad, Atávico alcanza su plenitud narrativa sin más instrumento que la repetición del gesto, la expresión ahogada de sus intérpretes y un espacio sonoro insidioso y penetrante.

Todo se explica con una gestualidad transparente y simple. Personas como todos nosotros, contorneadas por un movimiento que aunque pueda parecer inaudito, es tan real como lo que nos empeñamos en no ver. Y la mayor aportación, desde la perspectiva de la danza, se produce en una especie de monstruoso anuncio de lo que acontecerá y que las bailarinas reproducen en un amasijo de cuerpos que estirados en el suelo se retuercen entrelazadas. Junto a la magnífica escena en la que el protagonista repele pasivamente los envites de esas mismas fuerzas, lanzándose sobre su espalda, son los dos momentos, cargados de sentencia, que reflejan como nada la idea de brutalidad que quieren mostrar.

El conjunto es un ejemplar paseo por el infierno. Y ésa es su mayor virtud: invitarnos a dejar de ser cómplices, aunque sin necesidad de sentirnos culpables.

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