dimarts, 10 de juny de 2014

Carmen / Shakespeare: Acto 1 (el de la niebla)

Francisco Ruiz de Infante y Olga Mesa
Teatro Pradillo (Madrid), 8 de junio del 2012

Todo en el escenario es exageración: aparatos electrónicos de lo más diverso y que el público observa con cierta perplejidad y un proyector de imagen en movimiento. Algo así como una toma de posición: lo tecnológico se convierte en presencia y ocupa el espacio de la sala. En los controles Francisco Ruiz de Infante, interactuando durante la obra con la coreógrafa Olga Mesa. Una exageración, decía: por lo obstructivo, porque apenas deja en el linóleo espacio libre; y porque se exige un esfuerzo de justificación, que irá llegando conforme se va desarrollando la pieza. 

La Carmen de Bizet: otro exceso. Se necesitaba algo así, claro: pasión, drama, exuberancia y su famosa habanera L'amour est un oiseaux rebelle. Y ése es el secreto de la pieza: ¿se hacen al cargo? En la voz de María Callas. Escuchen, escuchen repetidamente, machaconamente... Se trata efectivamente de lo efímero, tal y como se concibe el amor en esa Ópera: como un pájaro rebelde, que viene y se va. Con sus celos, sus instantes y ese final ahogado de pasión.

Y el escenario se va convirtiendo en una densa niebla a través de la cual los múltiples mecanismos tecnológicos de luz y amplificación sonora perfilan el tono de la pieza. Junto a los desplazamientos de los dos performers y el gesto sutil de una danza con el que Olga no quiere protagonismos. Mientras se sucede su ir y venir, y las repeticiones del Aria y de un par de fragmentos de Shakespeare, cuyo Soneto 43 transmite precisamente ese clima de ensoñación:
When most I wink, then do mine eyes best see,
For all the day they view things unrespected;
But when I sleep, in dreams they look on thee,
And darkly bright, are bright in dark directed.

El resultado de Carmen / Shakespeare: Acto 1 (el de la niebla) es un complejo engranaje, como lo es el mundo de las relaciones afectivas. Como resulta la interacción entre diversos lenguajes: danza y artes visuales y plásticas para la ocasión. Como lo es también, más allá de la experiencia del espectador -obligado a una atención múltiple- el despliegue de casi una hora de un ejercicio de coordinación exquisito, en el que cualquier gesto en falso rompería el difícil equilibrio entre los dos intérpretes y las tecnologías con las que juegan. Exactamente porque sólo es en el instante en el que se recrea lo mejor y más valioso de lo que se explica: en las delicadas complicidades que tanto en la Ópera de Carmen, como en el trabajo de estos dos artistas, se conjugan o se amenazan esperanzas. Ese bien podría ser el sentido último del argumento, un duelo escénico en el que danza y tecnología (o si lo prefieren: deseo y poder) se interrogan bajo la absorbente e insólita mirada que proponen.

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