dijous, 15 d’abril de 2021

Giselle


Colectivo Kor’sia
Teatre Principal, Dansa València
14 d’abril de 2021


Foto: José Jordán

Distopía bacanal


La recreación de los grandes títulos de danza no solo es un derecho de cualquiera, sino sobre todo un deber. El ballet en dos actos Giselle (1841) es a todas luces una reliquia del pasado, con ese personaje femenino lleno de romanticismo ridículo y esa tragedia mascada a golpe de traición masculina. Deberíamos entender que es imposible seguir reproduciendo esos estereotipos, por mucho que las coreografías originales de Jules Perrot y Jean Coralli pertenezcan al patrimonio inmaterial de la humanidad. Y en especial la mítica adaptación que Marius Pepita realizara al poco de su estreno.

El Colectivo Kor’sia ya ha entrado en otras ocasiones en este terreno de las relecturas. Esta vez con una distopía visual del todo pertinente: en un espacio que bien podría ser el patio de una prisión, controlado por cámaras de vigilancia, donde los intérpretes se disponen a emprender el viaje emocional y físico del enamoramiento. Es decir: el final de una era. Convengamos que hace tiempo decidimos acabar con ese ensoñamiento que no es más que la pesadilla del mundo occidental.

La muerte de Giselle. O lo que es lo mismo: la imposibilidad de nuestro propio pasado. En una civilización recreada en el romanticismo desde su fundación greco-romanana y sentenciada a vida eterna por el cristianismo. Hay que reconocer a Mattia Russo y Antonio de Rosa, alma del colectivo Kor’sia, que su obra es una auténtica confirmación de algo que siempre han defendido como más que danza: el rastro dramatúrgico, el empaque visual, ese aire a ópera y, especialmente, el ballet como referente, aunque sea solo a través de algunos de los episodios musicales de Adolphe Adam, mezclados con fragmentos de la composición de Naomi Velissariou y Joost Maaskant para la performance digital Permanent destruction que hizo Frederik Heiman.

El resultado es una auténtica bacanal danzada. Y aunque en el primer fragmento de la pieza se tiene un poco la sensación de desaprovechamiento de la potencialidad de un grupo de alta prestación física y capacidades expresivas, es solo porque se necesita ir contextualizando una operación arriesgada en el planteamiento. No se trata aquí de cuestionar tanto el relato original, como de preguntar al público actual hasta qué punto es posible pensar las relaciones amorosas desde otro lugar. Así que esos personajes deben deambular, en sus quehaceres absurdos entre la multitud. Sin más referencia que la propia autocomplacencia. Porque esa es precisamente la tragedia desde la cual ejecutan el juego que proponen en la pieza. Y mientras a nivel coreográfico se torna cada vez más transparentemente grupal; se diluyen esas expectativas individuales, ensoñaciones de lo nefasto, con las que sentencian la obra hasta con una desaparición del decorado que quiere emular al cartón piedra de las producciones antiguas.

Como espectáculo, nada de lo que se ve en Giselle es realmente una novedad. No lo es en cuanto al fraseo coreográfico porque tienen aquí y allá referentes muy cercanos, sobre la base de la ruptura visual y el gesto entrecortado. Tampoco con respecto a la composición global, porque se refleja muy bien en la tradición expresiva con un fuerte componente narrativo. Ni el clima, un punto fantasmagórico en su puesta en escena. Y sin embargo, goza de una personalidad emergente, de solidez en la construcción, que hace muy apetecible seguir con interés lo que vayan presentando en un futuro.

Nada es tan simple en esa deconstrucción de la tradición: por eso el gesto del grupo pasa por muchos elementos. Desde un bello dúo; la expresión de la desesperación de lo incomprensible (la muerte); y la fiesta de una vida nueva, sea esta cómo sea, pero liberada de romanticismo. Hay que decir que en este punto hasta resulta naif la propuesta del colectivo Kor’sia, por inocente. Y que conjuran con una mezcla de pasión y determinación, tan cercana a la temática que denuncian, tan llena de la misma locura y estruendo emocional, que invita a pensar en la dificultad de su consecución.

Todo forma parte de esa distopía: joven, efervescente y sincera. Repleta de los mismos deseos que cualquiera: una era nueva en la que gozar, como lo hacen sus bailarines en este trabajo, de unas relaciones humanas (y amatorias) que todas deseamos distintas.


JORDI SORA i DOMENJÓ


Foto: José Jordán

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